Hay reformas que se explican solas. La eliminación de las PASO, que el oficialismo busca aprobar este septiembre, es una de ellas. Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias nacieron en 2009 con un discurso de transparencia, pero terminaron siendo lo que muchos advirtieron desde el principio: una elección nacional carísima, pagada por el conjunto de los contribuyentes, para que los partidos diriman internas que son, esencialmente, un asunto propio.
El número que nadie quiere mirar de frente es el costo. Montar una elección en todo el país —padrones, boletas, autoridades de mesa, logística, escrutinio— cuesta una fortuna en recursos públicos. Repetir ese operativo semanas antes de la elección que de verdad importa nunca tuvo una justificación proporcional a lo que se gastaba. En un país que discute cada peso del gasto, sostener esa duplicación era un lujo indefendible.
Qué se termina y qué empieza
Conviene ser precisos, porque el populismo ya salió a agitar el fantasma de la "proscripción" y el "ataque a la democracia". Eliminar las PASO no elimina las elecciones: la ciudadanía sigue eligiendo a sus representantes en las generales, con la misma libertad de siempre. Lo que se termina es la obligación de que el Estado financie las internas partidarias. Quien quiera dirimir candidaturas dentro de su partido, que lo haga con sus propias reglas y su propio bolsillo.
Las internas de los partidos no son un servicio público. Pedirle al que labura que las pague fue, desde el arranque, una anomalía que se naturalizó.
La resistencia era previsible. Los mismos sectores que durante dos décadas defendieron cada estructura que multiplicaba el gasto hoy descubren, de golpe, una enorme preocupación republicana. Es la misma lógica con la que piden "sesión especial" por la morosidad después de haber llevado las cuentas públicas a niveles insostenibles. La memoria fiscal, para cierta dirigencia, es asombrosamente selectiva.
Las claves de la reforma
- Objetivo: eliminar las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO).
- Impulsor: el oficialismo, con tratamiento buscado para septiembre de 2026.
- Fundamento central: ahorro de recursos públicos y fin del financiamiento estatal de internas partidarias.
- Qué no cambia: las elecciones generales, en las que la ciudadanía elige a sus representantes.
Menos casta, más responsabilidad
Hay algo más de fondo, que excede la contabilidad. Terminar con las PASO obliga a los partidos a hacerse cargo de su propia vida interna. Que un espacio ordene sus candidaturas, negocie sus liderazgos y asuma el costo de sus peleas es parte de la madurez política que la Argentina viene postergando. Trasladarle esa factura al contribuyente era, además de caro, una forma de eludir esa responsabilidad.
La reforma todavía tiene que recorrer el Congreso y no será sin ruido. Pero el rumbo, otra vez, apunta en la dirección correcta: un Estado que deja de gastar de más, reglas más claras y una dirigencia que se hace cargo de lo suyo. Para el que produce, ahorra y quiere que su plata rinda, es una buena noticia. Para la máquina de gastar, una menos.